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BUENAS PALABRAS


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BUENAS PALABRAS


A mis alumnos del taller literario
del Centro de Salud y Desarrollo

En la populosa pero tranquila ciudad de Mönska vivían dos vecinos, Jorgo y Tausk, ambos eran poetas y cada uno se atribuía el honor de ser el mejor, ¡el más grande!, y la verdad es que razón no les faltaba, sobre todo, porque, desde que falleció el gran Roskarem, la ciudad se había quedado huérfana de recuerdos y de belleza, y nadie, excepto Jorgo y Tausk, era capaz de cantar las alegrías y las penas de aquella noble gente.

Jorgo, que era alto, de piel blanquecina y cabello pelirrojo, repetía cada mañana mientras se aseaba frente al espejo: Hasta las piedras del camino lloran de emoción al escuchar mis versos.

Tausk, que era de estatura mediana, piel morena y cabello oscuro, repetía cada noche antes de acostarse: Del viento hago música para arrebatar el corazón del ser amado.

Como las provocaciones y desafíos entre ambos poetas eran bien notorias, y no sólo en la taberna, sino también en la plaza, en el mercado y allá donde la fortuna quisiera juntarlos, el príncipe Gusparin -a fin de calmar el desasosiego que aquella situación originaba entre sus súbditos-, decidió convocar un torneo literario, y de este modo, averiguar cuál de los dos sería proclamado sucesor del gran poeta Roskarem.

Tras seis meses de duros preparativos, llegó, por fin, el día cumbre. Y allí, en la plaza del pueblo, se reunieron, una apacible tarde, mujeres y hombres, ancianos y niños, campesinos y ganaderos, artesanos y comerciantes, nobles y plebeyos, para escuchar los hermosos poemas de Jorgo y de Tausk.

Un solemne silencio invadió la plaza cuando el príncipe Gusparin, acompañado por sus tres consejeros, alzó la mano para indicar que el torneo podía comenzar. Sonaron las trompetas; después, un redoble de tambores... y hasta las palomas interrumpieron su vuelo para que un paje lanzara una moneda de oro al aire. Y le tocó leer primero a Tausk... Y, en efecto, aquellas dulces palabras, que sonaban a vida y a resurrección, empezaron a batir la pasión del pueblo, y quien más, quien menos soñó con dejar escapar su corazón, en busca de un amor imposible.

Después, leyó Jorgo... Y, en efecto, aquellas certeras palabras que asomaban por sus labios acariciaron la memoria del pueblo, y quien más, quien menos, sintiendo un nudo en la garganta, fue incapaz de reprimir las lágrimas y rompió a llorar.

Una luna transparente envolvió con su hechizo a los habitantes de Mönska. Y mientras unos lloraban de alegría, otros lo hacían de pena; pero todos, emocionados por las hondas palabras que habían escuchado, se resistían a abandonar la plaza. Unos declaraban haber visto caballos árabes que volaban; otros, ángeles risueños y complacientes, y los más atrevidos, bailarinas sahumando de artemisa las nubes... amén de otras historias que hablaban de antepasados que regresaban para infundirles el valor y la fuerza que les faltaban para superar las dificultades de cada día.

-¡Algo tendré que hacer para sofocar semejantes delirios! -soltó el príncipe Gusparin, dirigiéndose a sus tres consejeros-. Y éstos, con manifiesto aire de preocupación, se dijeron: ¡Algo tendremos que pensar!

Pero todo empeño resultó en balde: tres días y tres noches tuvieron que pasar para que aquella embriaguez de palabras y sueños desapareciera por completo de la faz de Mönska, y la rueda de la normalidad volviera a girar por la rodera de los caminos.

Como consecuencia, Jorgo y Tausk fueron conducidos a prisión. Y en palacio, el príncipe Gusparin y sus tres consejeros buscaban el castigo más adecuado:

-¡Ya está! Mandaré que les corten las manos y la lengua, así ni Jorgo ni Tausk podrán escribir ni recitar más poemas.

-Pero, ¡alteza!, no podéis ser tan, tan... -replicó el primer consejero.

-¡Hmmm! En ese caso, deberé desterrar a Jorgo y a Tausk..., y que los osos se apiaden de sus cuerpos.

-Pero, ¡alteza!, no deberíais ser tan, tan... -replicó el segundo consejero.

-Está bien, está bien... no me queda otro remedio que prohibir a Jorgo y a Tausk que vuelvan a coger el cálamo o la pluma. ¡No quiero una palabra más!

-Pero, ¡alteza!, no querréis ser tan, tan... -replicó el tercer consejero.

-¡Silencio absoluto! -exclamó, fuera de sí, el príncipe Gusparin- Lo que no puedo consentir es que las palabras de dos poetas les roben el alma a mis súbditos.

-¡No lo podemos consentir, tolerar ni permitir! -gritaron al unísono los tres consejeros, compartiendo un guiño cómplice. Y tras una ligera pausa, habló el primero-: Permitidnos, alteza, una sugerencia...

-Veamos qué se os ocurre.

-La orgullosa osadía de Jorgo y Tausk merece un escarmiento ejemplar -añadió el segundo consejero.

-¡Muy bien... muy bien!

-Ambos poetas, Jorgo y Tausk, Tausk y Jorgo, deberán, de ahora en adelante, supeditar el poder de sus palabras al dictado exclusivo de vuestra voluntad -propuso el tercer consejero.

-¡Hmmm! ¡Maravilloso! Eso mismo estaba pensando yo. Sin-em-bar-go...

-Sin embargo, todavía queda por dilucidar cuál de los dos, Jorgo o Tausk, es el mejor, ¡el más grande! -dijeron los tres consejeros.

-¡Vaya!, de manera que... ¿todavía estamos en ésas? -preguntó desconcertado el príncipe Gusparin. Y, a continuación, se produjo una larga pausa, tras la cual habló el primer consejero:

-Vuestra alteza y la ciudad de Mönska se merecen al mejor poeta, un poeta que pueda cantar la grandeza de vuestras hazañas y de vuestro linaje, a fin de que quede grabada por siempre en la Historia.

-No está mal, no está mal... A ver, dejadme pensar en batallas -dijo, rascándose la barbilla-. Tal vez, mi victoria contra los exitas, hace dos años...

-Más aún -dijo el segundo consejero-: un poeta que cante no sólo vuestro valor y vuestras dotes guerreras, sino también... ¡vuestra sabiduría!, ¡vuestra habilidad diplomática!, ¡vuestra magnificencia!, ¡vuestro amor por las letras!...

-Maravilloso, maravilloso...

-Más aún -dijo el tercer consejero-: más que un poeta, vos, alteza, necesitáis dos poetas para cantar la excelsa maravilla de la que hacéis gala.

-¡Oooh! ¡Subliiiime!

Y así, gracias a las buenas palabras de los consejeros, Jorgo y Tausk salvaron la cabeza y los pies, aunque perdieron la libertad de cantar, pues, en lo sucesivo, tuvieron que satisfacer los caprichosos gustos de un único señor, quien, además, les exigió que sus obras fuesen firmadas por un solo nombre: Jorg Taus.


Luis Sánchez / 7-3-2007

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