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OSVALDO QUERIDO


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OSVALDO QUERIDO


Me llamo Julia, tengo cincuenta y cuatro años y acabo de regresar del viaje más largo, profundo y lindo que jamás pude imaginar. Bueno, la verdad, es que sí que me lo había imaginado, incluso con toda clase de detalles, tiempo y ocasión no me faltaban; pero, pese a todo, tenía mis dudas, mis temores... y más de una vez pensé, sobre todo, los días anteriores a mi partida, que, con la pretensión de llegar tan lejos, tal vez cometiera un grandísimo disparate. Sin embargo, después de hablar con doña Cecilia, me tranquilicé y recuperé la confianza, ¡confianza que nunca debí perder! Doña Cecilia me habló como una señora, y yo me alegro.

Me llamo Julia, me gusta mi nombre porque me suena alegre, y me gusta la vida, y tengo, pese a estar casada con un hombre... poco afortunado, unas ganas tremendas de seguir viviendo, tantas ganas que ni Manuel, mi esposo, ni su absorbente madre me las pueden arrebatar. Y pase lo que pase, yo, mi querida Julia, a mis cincuenta y cuatro años, he realizado el sueño de mi vida: un viaje a través de los recuerdos, de la conciencia y de la gratitud. Un viaje que me ha dejado -como diría mi viejo- con la trastienda limpia, para poder continuar aquí, en Barcelona, donde resido, la vida que me toque vivir.

Yo, aunque soy española, y no sólo de pasaporte, nací en Uruguay, y allá permanecí hasta los veintiséis años; aquélla fue la época en que acabaron con los tupamaros -en el gobierno estaba el Presidente Bordaberry-, suprimieron los derechos individuales, y bueno... podía ocurrir cualquier cosa...

¡Qué cabello tan largo y suave tenía yo entonces!, ¡y qué cintura más bien torneada! Aunque me dé reparo reconocerlo, era una joven muy atractiva, pretendientes los tuve a puñados.

Tras el desengaño que sufrí con Daniel, el único novio serio que tuve allá y que me dejó por otra de mayor porvenir, conocí una tarde a Osvaldo, que era lo que se dice todo un caballero: elegante, atento, cariñoso, de buena posición -era viajante de comercio- y, bueno, veinte años mayor que yo. Él me enseñó todo lo que ahora sé y en aquella época no supe valorar o, al menos, no supe valorar lo suficiente, debido a mi juventud e inexperiencia.

Cuánto he echado de menos sus atenciones, sus agasajos, sus modales, sus palabras, tan llenas de ternura y comprensión... ¡qué bien hablabas, Osvaldo! Ah, y su porte, porque, además, como buen porteño, era un hombre alto y bien parecido.

Es sabido de sobra que los de Buenos Aires vienen a Montevideo a gastarse cuanto tienen -pesos o dólares-, así que, cuando Osvaldo aparecía -yo vivía en la casa chica, que él alquiló para mí-, me llevaba a comer al mejor restaurante de la ciudad; me compraba el vestido más elegante que hubiera en el escaparate de Doña Lolita, la boutique más frecuentada por las damas de Montevideo, y, si había ocasión, incluso me llevaba a la ópera, ¡a la ópera!, eso sí que era una auténtica locura, ¿yo, en la ópera!

Osvaldo me enseñó a dar correctamente los pasos del baile, a fumar con distinción, a saborear el buen vino... Para resumirlo con pocas palabras, en breve tiempo, pasé de mi debilidad por los ñoquis -¡todavía me salen riquísimos!- a apreciar la delicia de un confit de pato con trufas, servido en su punto. Pero, sobre todo, me enseñó a escuchar y a ser paciente. Yo era una muchacha temperamental, poco reflexiva... ¡a la mínima me disparaba! Pero con él... acababa calmándome. Ah, y pronto me acostumbré a llamarlo así... Osvaldo, con una sola v. Cuando nos conocimos, lo primero que me dijo fue: Me llamo Osvaldo; pero... sin doblez.

Cada vez que, ahora, escucho ópera -Verdi era, sin ninguna duda, su preferido- me acuerdo de sus manos; yo las miraba de reojo mientras él seguía, con los dedos, el compás de la música o se acariciaba su esponjosa barba, blanquecina y siempre bien recortada. ¡Cuánta emoción contenida viví en aquellas butacas acolchadas, de color granate, del Teatro Solís! Y cuando aquellos dedos tan delicados -parecían de pianista- revoloteaban por mi piel, me volvía loca toda yo. Nada más pensarlo, se me pone la piel de gallina.

Pero con Osvaldo no sólo conocí el Montevideo de arriba, sino también el de más abajo, el de los arrabales, tabernas y callejones, el de la gente humilde, el de los obreros, borrachos, prostitutas, chulos y maleantes. Sin el entresuelo, mi querida Julia, no existiría el principal, y tampoco el primero -me dijo, en una ocasión, mientras bebíamos en una cantina-. Él me enseñó las dos caras de este mundo, él me enseñó lo que hay y lo que no hay, pero con naturalidad y sencillez.

Yo ya sabía por Dorita, mi hermana pequeña, el mal estado de salud en el que se encontraba Osvaldo; por eso, aprovechando la visita a la familia, quise, también, ver a Osvaldo. O más bien... fue al revés.

Hoy hace justo veinte días que aterricé en Montevideo. De allí, cogí un autobús para Buenos Aires; mi intención era, si hacía falta, llegar hasta la quinta de Jarén, la casa grande, donde vive Osvaldo y doña Cecilia, su esposa. Pero antes... es decir, desde el mismo aeropuerto de Carrasco, telefoneé a doña Cecilia. Quizá debiera haber avisado con más tiempo -pensé mientras marcaba el número-, pero una extraña corazonada me había empujado a actuar de ese modo.

Se puso la muchacha y, al instante, escuché una vocecita muy fina... era doña Cecilia.

-Me llamo Julia, tengo cincuenta y cuatro años, y acabo de llegar de España, donde vivo desde el año 73. Si no es molestia, me gustaría visitar a su esposo. Quiero que sepa que, hace mucho, tuve una relación sentimental con él, y que ahora deseo agradecerle todo lo que hizo por mí -le dije, con total franqueza, y de mujer a mujer.

Tras una ligera pausa, me respondió, también con enorme nobleza y sin titubeos: Antes que nada, quiero que sepa que Osvaldo padece de alzheimer, y que su mente no está lo despejada que debiera. De todas maneras... veré lo que puedo hacer.

La situación quedaba clara y no había nada que temer, así que lo arreglamos todo enseguida. Al colgar el aparato, el corazón se me salía del pecho; tuve que ir a la cafetería y pedir un vaso de agua bien fría. ¡Gracias, Dios mío, gracias!, repetí un par de veces. A fin de cuentas, yo jamás le robé su tiempo; cuando Osvaldo venía a Montevideo, me visitaba, cierto; pero también es cierto que mientras se hallaba en Buenos Aires, Osvaldo estaba con su mujer.

El autobús llegó a Buenos Aires a las siete de la mañana. Allí estaba Osvaldo, con su chofer, esperándome en la estación.

No me reconoció; sin embargo, el nombre de Julia sí le decía... Fuimos al Florida, una cafetería, con las mesas de mármol y amplios ventanales que dejaban pasar algunos rayos de sol a través de los visillos, y allí, en una atmósfera recogida, hablamos de nosotros... Bueno, hablé yo, porque él apenas recordaba, era como si hubiese borrado gran parte de su pasado, de su biografía. Sin embargo, a veces, fruncía el ceño y lanzaba una tenue sonrisa. ¡Algo, sí, algo permanecía aún intacto en su memoria!

Era consciente de que jamás volvería a verlo, así que, como despedida, puse mis manos en sus mejillas -su blanca barba seguía tan suave como el primer día-, cerré los ojos y acerqué mis labios a los suyos; no recuerdo cuánto tiempo estuvimos así, unidos y sin aliento, lo que sí recuerdo es que, de repente, una lágrima me mojó la yema de mi pulgar. Me retiré lentamente y, al mirarle a los ojos, comprobé que su mirada había echado a volar entre imágenes y recuerdos.

Me llamo Julia, tengo cincuenta y cuatro años, y vos sos el hombre que más feliz me ha hecho, Osvaldo querido.



Luis Sánchez / diciembre de 2001

(publicado)

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