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EL POETA IMAGINARIO


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EL POETA IMAGINARIO


A mis alumnos del taller
literario de Gracentro

 

 

Cabizbajo y bisbiseante, descendía por el camino de cenizas y borusca el viejo Romkei, tras haber dicho sus oraciones en la abandonada ermita de Kietler. Y jugando, como casi siempre, con los rizos de su espesa barba mientras con la derecha sujetaba el saco de palabras muertas que llevaba sobre el hombro, se dejaba llevar, paso a paso, por la ruta que le señalaban sus sandalias de cáñamo.

De repente, oyó gemir al bosque, y su cuerpo se estremeció. Se detuvo un instante, afinó el oído y escuchó cómo la espesura de ramas y hojas respiraba un dolor profundísimo. Giró la cabeza hacia la derecha y, abandonando el camino, se adentró entre la maleza. Al poco, descubrió, en un pequeño calvero, a un hombre sin rostro, pues estaba postrado de tal modo que ocultaba la cabeza entre las rodillas.

El viejo Romkei se colocó a unos pasos de él, dejó el saco en tierra, se arrodilló humildemente y le dijo en voz muy baja: "Si me cuentas tu mal, quizás encuentre un remedio eficaz". Pero esto no hizo sino aumentar el sollozo de aquel desdichado. Tras una pausa en la que el cielo se infló de nubes rancias, el viejo Romkei le susurró:

-Tres deseos puedo concederte, mientras estés dispuesto a aceptarlos.

Y de aquel cuerpo informe, surgieron de pronto dos ojos llenos de lágrimas, y también, un destello de luz aclarando esa mirada ciega.

-¡Escribir el poema más bello, casarme con la mujer más hermosa!, y... y... y vivir cien años; no, ¡doscientos! -soltó el desdichado, como si hubiera esperado toda la vida un momento así.

-Así será, si así lo deseas. Y ahora, recoge los llantos que has esparcido y regresa a la ciudad.

El desdichado, que se llamaba Taoni, corrió y corrió, y corrió mil pasos más hasta llegar a su casa. Y aquella misma noche, sueño tras sueño, página tras página, vela tras vela, empezó a escribir el poema de amor más bello que jamás mortal alguno pudiera imaginar. Por fin, al cabo de seis semanas, exhausto por tan ingente trabajo, terminó su obra; obra que muy pronto fue conocida, reconocida y hasta glosada no sólo por mercaderes, escribanos, caballeros y príncipes, sino también por el pueblo llano. Y aquella belleza cristalina de palabras, poco a poco, fue contagiando, también, sus facciones, su silueta y su porte.

Un alegre día de mercado, Taoni conoció a Skadia, una hermosa joven, hija de ricos comerciantes de seda. Al poco, ya se veían a escondidas, entre risas y juegos, y varios meses después ya planeaban pasar juntos el resto de sus días. Como la fama y el prestigio de Taoni iban en aumento, los padres de Skadia accedieron a que su hija se casara. La boda fue todo un acontecimiento en la ciudad, una memorable fiesta donde el lujo y el buen gusto brillaron por igual.

Y Taoni y Skadia fueron felices... hasta que amables peticiones y encargos tentadores empezaron, primero, a incomodar; luego, a preocupar; y, por último, a obsesionar al joven poeta.

-Tienes que escribir una nueva obra. Todo el mundo desea que escribas otro poema igual de bello.

-No sé; no sé si...

-¡Claro que podrás! -insistía Skadia.

-Además, todavía es muy pronto...

-¡Excusas! ¿No ves que se mueren de impaciencia?... Ven, yo te ayudaré.

Pero el talento de Taoni parecía haberse agotado. Después de todo, había realizado un esfuerzo inmenso, esfuerzo del que sólo muy pocos eran conscientes; y ahora, no era capaz de reunir fuerzas suficientes para enfrentarse a un reto similar. Pasaron los meses, y mientras Taoni se abandonaba a la melancolía, Skadia se llenaba de furia.

Una fría tarde de otoño, Skadia, avergonzada de la perenne incapacidad de su esposo, escapó a casa de sus padres; y éstos, que sólo deseaban el mayor bien para su única hija, decidieron, en connivencia con el arzobispo, arreglar la anulación del matrimonio, puesto que los jóvenes "ni siquiera habían traído hijos a este mundo".

Taoni, desesperado, lloraba su desgracia de poeta y también su desgracia de esposo. Y eran tantos y tan frecuentes los lloros, lamentos y maldiciones que, al final, acabó por avergonzarse de sí mismo.

Sin saber muy bien qué hacer con su vida, una soleada mañana de abril sacó las escasas fuerzas que le quedaban y huyó al bosque, a fin de que nadie pudiera ver derramar ni una sola lágrima más del que, pese a todo, seguía siendo el mayor poeta de su tiempo.

¡Tiempo, tiempo! -resonaba esa palabra, de manera insistente, en su atormentada cabeza-. Mucho tiempo, demasiado tiempo, todo el tiempo... y eso era lo que le quedaba por delante para vivir su desdicha: ¿cien años?, no... ¡casi doscientos!

De repente, aquel desdichado, que seguía postrado de tal modo que ocultaba la cabeza entre las rodillas, oyó la voz de un viejo que le decía en voz muy baja: "Si me cuentas tu mal, quizás encuentre un remedio eficaz".

(A partir de la lectura del cuento El brujo postergado, de Borges, que forma parte de Etcétera.)


Luis Sánchez / 9-2-2007

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